El Estadio Brigadier López, por su ubicación estratégica, se transformó en un dique de contención para el Barrio Centenario. El agua del Salado entró con tal fuerza que llegó a los travesaños de los arcos, destruyendo por completo el campo de juego, la sede y el parquet del gimnasio Roque Otrino. «Parecía que un terremoto había azotado al club», recordaban los dirigentes de la época ante las pérdidas millonarias. «Fue tan noble Colón con el barrio Centenario, que ofició de dique de contención de las aguas. De no haber sido por Colón y su cancha, los problemas para el Centenario hubiesen sido mayores», comentaban, también entre lágrimas, quienes asistían a ese espectáculo de tristeza, desolación y destrozos.
En la otra vereda, el sufrimiento de Unión fue doble. Además de ver cómo el agua avanzaba sobre La Tatenguita y el estadio Malvicino, el club tuvo que lidiar con la falta de empatía de la AFA, que tardó en suspender sus compromisos. El plantel de Jota Jota López, que contaba con figuras como el «Mago» Capria y Nereo Fernández, tuvo que hacer de local en la cancha de Patronato de Paraná.

El final de ese 2003 fue devastador para el Tatengue, a pesar de tener nombres de peso, el equipo no pudo abstraerse del contexto de desolación y terminó perdiendo la categoría a mitad de año. Fue el inicio de un largo camino de ocho temporadas en el ascenso. Mientras tanto, el Sabalero de Bauza lograba una heroica clasificación a la Copa Sudamericana en medio del barro, dándole una mínima alegría a un pueblo que intentaba salir a flote.
