Por Aníbal Fabián Tavella


El ciclo de Lionel Scaloni atraviesa su momento más introspectivo. Ya no se trata de encontrar una identidad —esa que se selló a fuego en el Maracaná y se consagró en Lusail— ni de discutir quiénes son los dueños de la columna vertebral. El equipo tiene alma, tiene líderes y tiene un libreto claro. Sin embargo, a menos de medio año del Mundial 2026, el contexto ha empezado a susurrar advertencias que el cuerpo técnico no puede ignorar: el tiempo, las lesiones y el hambre de los que vienen de abajo están redibujando el mapa de la Selección.

Scaloni siempre fue un pragmático disfrazado de tutor. Su mensaje nunca cambió: «Juega el que mejor está». Pero hoy, esa máxima se pone a prueba con nombres que son parte de la mitología del ciclo. No hablamos de una ruptura, sino de una transición silenciosa. La intención es sostener el bloque campeón, pero el análisis se ha vuelto quirúrgico.

El caso de Giovani Lo Celso es, quizás, el que más sensibilidad genera. Es el socio ideal de Messi, el hombre que piensa el fútbol como pocos, pero su físico ha vuelto a ser su peor enemigo. Una nueva lesión muscular lo margina en un momento crítico, con la Finalissima contra España asomando en el calendario. El dilema es cruel: cuando Gio está sano, es titular indiscutido; cuando no, el mediocampo se vuelve una zona demasiado poblada y competitiva como para esperarlo eternamente.

En la defensa, las alarmas también están encendidas. Juan Foyth, cuya polifuncionalidad fue clave para cerrar partidos en Qatar, enfrenta una recuperación larguísima tras su rotura del tendón de Aquiles. El tiempo corre en su contra y la competencia interna en la zaga ha crecido de forma exponencial. Algo similar ocurre con Marcos Acuña: el «Huevo» es carácter puro, pero hoy su presencia en la lista depende exclusivamente de un hilo físico que parece tensarse en cada partido de alta competencia.

Incluso los «de hierro», como Nicolás Tagliafico, han tenido sus sustos. El defensor del Lyon (ex Young Boys) dio un vuelco al corazón del cuerpo técnico tras aquel golpe accidental de Gregory Wuthrich que lo obligó a dejar la cancha. Aunque sus números de asistencia y regularidad son envidiables (jugó 85 de los últimos 94 partidos), el incidente recordó que nadie es inmortal en el alto rendimiento.

En la periferia del once ideal, figuras como Paulo Dybala o Ángel Correa siguen habitando ese limbo de talento indiscutido pero falta de explosión definitiva dentro del ciclo. Sus nombres siempre están, pero la falta de una continuidad sostenida —ya sea por lesiones o por la jerarquía de los titulares— los mantiene en una zona de evaluación constante.

La contracara es la frescura. Mientras algunos históricos lidian con el desgaste, la irrupción de Nicolás Paz, Giuliano Simeone, Valentín Barco o Franco Mastantuono no es solo una noticia agradable, es una presión real. Estos pibes no piden permiso; empujan desde abajo y obligan a Scaloni a replantearse las jerarquías. La lógica es simple pero implacable: un Mundial no se juega con gratitud, se juega con actualidad.

El mensaje final de este proceso es coherente con la era Scaloni: la base no se rompe, se mejora. Los líderes siguen siendo el faro, pero el lugar en el avión a 2026 no es un premio a la trayectoria. En la Selección Argentina, el pasado es eterno y se agradece, pero el futuro se defiende cada fin de semana en la cancha.

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